domingo, 3 de mayo de 2009

…Y ERAMOS TAN FELICES II

El gobierno de Riveroll. Al siguiente año, 1861, Juárez hacía su entrada triunfal a la capital después de derrotar a Miramón. Riveroll fue reconocido por el gobierno de Juárez y se mantuvo en el poder pero la Asamblea, compuesta por un representante de cada municipio; que se había fundado con carácter temporal –mientras Juárez andaba del tingo al tango- dispuso que ya no tenía porqué reunirse en vista que el gobierno del centro ya se había restablecido. Aún así, Riveroll desplegó una gran actividad administrativa: organizó a los municipios, decretó leyes contra el abigeato; también sobre huertos, sembradíos y concesión de tierras, además reformó la procuración de justicia; abrió el puerto de La Paz al comercio extranjero y Mulegé, Loreto y San José del Cabo, al de cabotaje.


Sin embargo, si la Asamblea había cesado sus funciones en vista de la restitución del gobierno de Juárez, algunos ayuntamientos grilleros exigieron a Riveroll abandonar el gobierno puesto que su función también tenía que haber cesado. Riveroll alegaba que el gobierno del indio oaxaqueño lo había reconocido; dicho esto, se amachó en el poder, pero cierto descontento y ánimo conspirativo se empezó a notar en el Territorio. Así, el 11 de septiembre de 1862, un grupo de conspiradores fueron prendidos y luego desterrados. Se empezaban a mover –otra vez- las aguas, igual sucedía al gobierno central, Don Benito y acompañantes que no salía de problemas, tanto España, como Inglaterra y Francia, cobraban deudas que el país no podía pagar.

Al comprender que su posición era muy frágil, su única salvaguardia consistía en unos cuantos soldados andrajosos y mal pagados -el pomposo nombre de Guardia Nacional le quedaba bastante holgado- Riveroll con el pretexto de realizar un plebiscito, se refugia en los pueblos del sur, en eso andaba, cuando el 2 de octubre un motín encabezado por Fidencio Pineda y Modesto Arriola toma La Paz, pero Riveroll consigue apoyos y regresa a la capital con 400 hombres que se adhieren a su causa y los revoltosos huyen. Riveroll, a finales de octubre, disuelve lo que quedaba de la Guardia Nacional por faltar a sus deberes y convoca una Asamblea Legislativa que, a su vez, nombre nuevo ejecutivo. Fue designado Pedro Magaña Navarrete quien se ensañó con el pobre Riveroll a quien hizo diversos cargos injustificados. Luego, una vez que la Asamblea dio posesión a Magaña, Riveroll pudo refutar los cargos y limpiar su nombre ante la propia asamblea.
Mientras, Modesto Arriola que había huido del motín paceño, se dirigió a la Isla del Carmen donde se hizo de unos 70 hombres, luego pasó a Mulegé que ocupó sin resistencia; cuando supo que los muleginos se estaban armando para rechazarlos, marchó hacia La Paz, llegó primero a Los Dolores y en San Hilario fue batido, entregó las armas y fue desterrado por Magaña Navarrete quien duró en el cargo hasta 1864.

El auge minero de San Antonio había provocado un boom de desarrollo en la parte sur del territorio; el comercio recibió un vigoroso impulso y fueron buenos años de rendimientos de la aduana marítima. El bienestar se dejaba sentir en Baja California. El comercio y casi todos los órdenes de la vida de Baja California se notaban florecientes: “de día en día –publicaba un periódico- vemos con satisfacción abrirse ya una nueva casa de comercio, ya levantarse una nueva finca…”. Después, como sucede con los pueblos mineros, vendría la decadencia de los yacimientos del sur que había sido sobrevalorados por especuladores, mucha gente perdió dinero, la inversión extranjera dejó de fluir y la península cayó en una depresión económica que solo se soportaba con las derramas económicas del pasado. Para acabarla de joder, 1864 fue uno de los años más secos que se recuerde… que ya es decir. La ganadería y la agricultura sufrieron fuertes pérdidas.

Triunfa Félix Gibert. En los nuevos comicios del 23 de octubre de 1864, resultaron elegidos Félix Gibert –quien había sido de los cabecillas que defendieron el puerto contra Walker y sus piratas- Jefe Político y Antonio Pedrín, Vicejefe, quienes tomaron posesión hasta el 2 de enero de 1865. El primer problema con el que se enfrentó el gobierno de Gibert fue la preparación de la defensa del Territorio; ya estaba en marcha la Invasión Francesa y Maximiliano listo junto con Carlota para edificar un imperio. 15 días después, Gibert se dirigió a la Asamblea para solicitar los recursos necesarios para armar una fuerza de 400 hombres. La Asamblea respondió que no había lana para tal efecto, que lo único que podían hacer era una especie de “resistencia moral” contra la invasión extranjera.

La espera era angustiosa, las tropas de Maximiliano ya habían ocupado Mazatlán y Guaymas.

La Intervención francesa. En septiembre del siguiente año, Gibert recibió una carta de parte del Comisario Imperial de la 8ª. División, M. Gamboa, dicha carta pedía al Jefe Político que reconociera la autoridad Imperial y evitara todo conflicto con el ejército de Max; decía que Juárez estaba fuera de México junto con sus ministros, por lo tanto, no había gobierno a quien profesarle lealtad. En efecto, Juárez parecía derrotado y Gibert solo quería ganar tiempo así que remitió la carta imperial a la Asamblea. La Asamblea respondió que no podía deliberar acerca del escabroso asunto por falta de quórum pero que en breve se reunirían para debatir el contenido de la misiva. Fue necesario amenazar con una multa de 100 pesos a los asambleístas para que se volvieran a reunir. Mientras tanto, el Presidente del Tribunal pensaba que era mejor dejar a los franceses ocupar el territorio y evitar los cabronazos. Finalmente los miembros de la Asamblea, por separado responden con un dictamen por demás profuso y confuso –una joya de ambigüedad mezclada con retórica patriótica- que el presidente –que era el revoltoso Mauricio Castro- trató de aclarar de esta manera: “El gobierno, señores, desea que esta Asamblea le diga, de una manera terminante, la conducta que debe seguir el Territorio en las presentes circunstancias; esperando de un momento a otro, la llegada de los franceses, no puede continuar la marcha que ha seguido hasta hoy, porque ha llegado la hora de adoptar la última resolución que decida la suerte del país; o tomamos la resolución de resistir a los franceses o se le deja ocupar el territorio de un modo pacífico…”. “Para hacer resistencia, debemos considerar nuestra verdadera posición; sin un solo soldado sobre las armas, el Territorio no cuenta con más gente que con los rancheros y labradores diseminados a largas distancias los unos de los otros…. Nuestra península está aislada del resto de nuestra república; los estados de Sinaloa y Sonora, que son los inmediatos, están como la mayor parte de la nación ocupados por los franceses… el Presidente de la República, después de haber cambiado de residencia varias veces, pasando a diversos estados, que fue desocupando a la manera que los ocupaban los invasores…etc, el documento sigue poniendo pretextos para finalmente concluir: “La H Asamblea de la Baja California, en fuerza de las razones que la obligan a hacerlo, no aclama, sino se somete al gobierno del imperio, protestando dejar ilesos los derechos de la nación contra esta resolución que dicta, por no poder contrarrestar la fuerza irresistible de las circunstancias”


Después del 26 de octubre, Gibert recibe, desde Tepic, una comunicación del Visitador Imperial que no era otro que Rafael Espinosa, quien había sido Jefe Político de Baja California en 1850; aquel que fue apresado por el pirata W. Walker, por lo tanto, conocido por las autoridades bajacalifornianas, especialmente por Gibert y Márquez de León. Espinosa amenazaba con venir a La Paz para arreglar el asunto de la adhesión al imperio. En efecto Espinosa se dejó venir y a finales de octubre ya estaba fondeado en un vapor frente a las costas de La Paz. Fue Márquez de León –a quien Espinosa conocía y profesaba especial afecto- quien avisa a Gibert. Gibert le responde – “dígale a Espinosa que si viene con tropa, haga lo que le convenga; pero si viene solo, puede pasar a mi casa, donde tendré el gusto de alojar al amigo”-. Llegó solo y se alojó, en efecto, en casa de Gibert.
Gibert consulta con Márquez de León, Salvador Villarino y Ramón Navarro la respuesta que habrá que darle a Espinosa, quienes convinieron que aceptarían, sin resistencia, la llegada de tropas extranjeras, pero que le darían largas con el pretexto de consultar, a su vez con los ayuntamientos. Pero cuando la reunión terminó –dice Gibert- Márquez de León se le acercó de manera sospechosa y le dio instrucciones de cómo tratar al Visitador imperial: “engañándolo, mientras lo echábamos”. La actitud de Márquez de León, no le pareció leal. Márquez de León, por lo visto, tenía otros planes que no compartió con Gibert.

Clodomiro toma las armas. Apenas se hubo retirado el patriota sudca, cuando se le avisó a Gibert que un grupo de hombres armados, al mando de Clodomiro Cota, se dirigía desde El Triunfo a La Paz con el objeto no solo de tomar el gobierno, sino de fusilar tanto a Gibert como a Espinosa. Ambos se ponen a salvo pero Espinosa no sabía que hacer ante la aceptación de Márquez de León en una carta pero por otra, la actitud beligerante de C. Cota, a la sazón, lugarteniente de Márquez de León. Ante la contradicción evidente, Gibert parte apresuradamente hacia Mazatlán y Clodomiro Cota se queda en calidad de encargado de la resistencia contra los franceses.
Gibert es llevado ante Maximiliano por intermedio del Prefecto Imperial, ahí Gibert, al parecer, convence al austriaco que no envíe tropas a Baja California. Se dice que a Gibert, Maximiliano le ofreció la jefatura política de Puebla, cargo que rechazó. De México, Gibert salió hacia Nueva York donde permaneció hasta que Juárez restauró de nuevo la República. Considerado traidor en BC, sus bienes fueron confiscados.
El historiador Adrián Valadés coloca una serie de pies de página para indicar la difícil situación que tuvo que enfrentar Gibert, dudosa de traición para unos, obligado por la situación para otros y, para sus simpatizantes, un bienhechor que evitó la derrama de sangre en BC.

Por un lado, existen documentos que dicen que Gibert ofreció la sumisión del territorio, en acuerdo tanto con la Asamblea como con el Tribunal Superior y que, por eso, las tropas de Max, que tenían cosas más importantes que hacer, prefirieron combatir en el macizo del país. Hay documentos que prueban que, si las fuerzas francesas no pisaron el Territorio de BC fue a causa de que Clodomiro Cota había hecho tronar sus chicharrones. Maximiliano, el 17 de diciembre le escribe al Mariscal Bazaine: “Acabo de saber que la contrarrevolución ha estallado en La Paz, y que las autoridades imperiales han tenido que retirarse. Aunque la importancia política de la Baja California sea poco considerable, esta revolución producirá sobre la opinión pública de los Estados Unidos y de Europa, un efecto fatal, dando ocasión de creer que lejos de pacificarse el país, por el contrario, perdemos terreno…”. La carta sigue con una exhortación a Bazaine para enviar tropas a BC. Algo que ya no pudieron hacer pues la resistencia nacional empezaba a buscarle la cabeza a Maximiliano y, a Carlota se le empezaba a botar la canica.
Como se puede ver, Clodomiro Cota fue quien precipitó los acontecimientos y en ningún momento, rigió el imperio ni pisaron suelo sudca las tropas de de Maximiliano.
La Paz fue ocupada el 17 de noviembre de 1865 por Clodomiro Cota quien declaró estado de sitio y tomó presos a personas comprometidas con el Imperio; 10 días después se hizo cargo del gobierno, en ausencia de Gibert, el Vice Antonio Pedrín, que suspendió el estado de sitio y cesó la cacería de brujas que inició Clodomiro.

El gobierno de Pedrín- Pedrín trató de armar un ejército para evitar las penurias pasadas, pero no hubo cooperación, ni de los políticos, ni de los ricos que no quisieron poner un centavo para tal efecto; ni del californio de a pie que no registró voluntarios. Ante la indefensión de su gobierno, decepcionado Pedrín trata de renunciar al gobierno. Fueron comisionados una persona de cada municipio para resolver el asunto (Pedro Navarrete, Jesús Fiol, Ramón Navarro, Clodomiro Cota, Susano Rosas, Federico Montaño y Zacarías Castro). Esta Junta resolvió que Pedrín continuara –a su pesar- en el cargo de Jefe Político. Pedrín que ya no quería el paquete, se declaró enfermo de gravedad y citó al Presidente de la Asamblea, Fabian Luna para que se hiciera cargo del gobierno. De nuevo la Junta respondió que Luna no podía pues estaba bajo sospecha por haber firmado la carta en la que se reconocía al Imperio. El pasado empezaba a pasar factura y no era raro que el ambiente político se llenara con sospechas y acusaciones de colaboración con el imperio.
Finalmente acordaron que sería Ramón Navarro quien se hiciera cargo del gobierno. Pedrín que se había retirado “convaleciente” a Santiago, llamó a Navarro para entregarle el poder … en su domicilio. Entonces Fabián Luna y el tempestuoso Mauricio Castro sacaron a colación el artículo estatutario que decía que para dejar el poder se requería un motivo grave, era un secreto a voces que Pedrín se “hacía el enfermo”, por lo tanto, si abandonaba la jefatura, podría ser acusado y procesado. Así que tamposo pudo investir a Navarro… Pedrín seguía –a su pesar- en el poder.

Pero Pedrín estaba amachado y nada quería saber del gobierno. Se fue a San José –de donde era oriundo- y se negó a recibir y firmar documentos. Así, el testarudo Pedrín llama a nuevas elecciones el 24 de mayo de 1866.
El Golpe de Navarrete. Tales elecciones las gana Pedro Magaña Navarrete, pero los partidarios de Navarro no estuvieron de acuerdo. Alegaron fraude y una serie de intrigas para nulificar la elección. La situación se tornaba cada vez mas caótica y a Pedrín no le quedó otra que acudir a Manuel Márquez de León, ya Coronel y hombre fuerte, para que con la fuerza política que empezaba a tener, revisara la elección. Finalmente los presidentes de las mesas electorales declararon la elección nula …y Pedrín seguía siendo –a su pesar- Jefe Político.

Entonces Pedrín, que a estas alturas estaba hasta la madre, volvió a convocar a elecciones, cosa que la Diputación invalidó, pues la Diputación tendría que haber calificado la elección y nadie la había consultado. El merequetengue era mayor. Sin acuerdos por ningún lado, los josefinos –otra vez, Los Castro- junto con vecinos de Santiago y Miraflores se levantaron en armas contra Pedrín que en chinga salió del Territorio. Al frente de la asonada estaban Jesús Fiol y Bartolomé Castro, amiguetes de Navarrete a quien dejaron como Comandante. Navarrete, pretende justificar su actitud golpista con la idea del “servicio a la patria” pero Juárez y sus muchachos –otra vez en la capital del país- no se tragan el embuste y solo reconocen el gobierno de Pedrín, que -muy a su pesar- seguía siendo el Jefe Político de la BC, ahora en el exilio.

Navarrete -que no recibía, debido a la tardanza de las comunicaciones, la respuesta del Benemérito de las Américas”- se empezaba a convertir en un tiranuelo bananero y se aprestaba a deshacerse de mala manera de sus enemigos. Entre otros, desterró a Miguel Amao, a Ramón Navarro y a Victoriano Legaspy (nombres de céntricas calles paceñas). No llegó a septiembre del 86 cuando una nueva asonada en Todos Santos y El Triunfo comandada por Salvador Villarino y Ramón Navarro trataron de deponerlo. Navarrete contaba con 200 hombres; Villarino y Navarro con 300. Fueron varios días de tiroteos frente a la Casa de Gobierno; tiros por aquí, escaramuzas por allá que no dejaban vivir en paz. Los comerciantes del centro se reúnen e instan a los belicosos a un arreglo. Finalmente el 16 de septiembre, Villarino se dirige a Navarrete para expresarle el motivo de su levantamiento: era solo prevención pues le habían llegado noticias que sus intereses podrían ser perjudicados, por lo visto, declaró Villarino- eran temores infundados y se dieron un abrazo. A continuación los alzados pasaron a reconocer a Navarrete como su máxima y única autoridad.

Vuelve Pedrín. Pedrín se encontraba en San Francisco, California y por intermedio del cónsul en esa ciudad se pone en contacto con Benito Juárez quien apoya a Pedrín y al nombramiento de Jefe Político, le agrega el de Comandante General. Pedrín llega por San José donde es ovacionado como hijo pródigo y donde se le unen vecinos de otros pueblos sureños. Se dirige a Navarrete para que le entregue el poder pero este se pone los moños. Navarrete amaga con un estado de excepción pero ya Manuel Navarro con 40 hombres proclamaba a favor de la causa de Pedrín en San Antonio; Villarino se le unió con 25 hombres en Todos Santos; luego Manuel Salgado con otro piquete de voluntarios. Todos fueron a encontrar a Pedrín en Santa Anita donde ya los esperaba Ildefonso Green y Pablo Gastélum en Los Cabos. Todos se reunieron en La Palma y de ahí se fueron a Santiago donde sitiaron a Navarrete y sus muchachos. Después de casi dos semanas de cabronazos las tropas de Navarrete se rindieron, pero Navarrete había logrado huir. Pedrín entonces, toma el poder libre de polvo y paja, pues ya los franceses se batían en retirada y se preveía el triunfo completo y rotundo de Benito Juárez contra el güerejo de Maximiliano y su corte de conservadores.
Pero las peripecias de Pedrín no terminarían ahí. Navarrete se encontraba desterrado en Sinaloa y ahí se encontró con un tal Gastón D’Artois, de origen belga quien había sido oficial de artillería con el Gral. Corona. Navarrete hizo migas con el belga y tramaron que D’Artois se trasladara al sur de la península, buscara a los adeptos a Navarrete y organizara una sublevación para deponer a Pedrín. El belga reunió dicha fuerza en Santiago y a principios de abril de 1867 sorprendió a El Triunfo y San Antonio donde tomó presas a las autoridades. Dos días se detuvo en San Antonio, lo que dio tiempo para que Antonio Navarro, rodeara el camino por El Carrizal y llegara a La Paz para dar el pitazo.
El ataque de D’Artois. En la mañana del 4 de abril –ya sin el factor sorpresa- entran a La Paz los sublevados encabezados por Manuel Cota, Flamino Montaño, los hermanos Collins y Filomeno Brown. Se dividieron en dos grupos, uno atacó el cuartel; el otro, la casa de gobierno. Los atacantes fueron rechazados y obligados a precipitada fuga después de unas cuantas bajas. Huyeron hasta Las Playitas, otros hacia La sierra a donde fueron perseguidos por Navarro y Arano que lograron hacer prisionero a uno de los Collins. Entretanto D’Artois se dirigió a San Antonio donde hizo algunas raterías pero fue perseguido por Juan Hidalgo quien logró detener a la mayoría de su pandilla pero no al belga que se lanzó a la sierra a galope tendido. Sin conocer el terreno, D’Artois anduvo extraviado y fue fácil presa de rancheros rastreadores que lo encontraron dormido, fatigado debajo de un arbusto. De ahí se lo llevaron a La Paz. Entre sus pertenencias había un manifiesto dirigido a los habitantes del Territorio con una serie de acusaciones contra Pedrín –de intruso y semiimperial no lo bajaba- por lo que debía ser destituido.

Los paceños, excitados pedían a gritos que D’Artois y sus cómplices fueran pasados por las armas; la multitud llegó a amagar al propio Pedrín si no fusilaba a los levantados; la turba paceña exigía sangre. Aun así, Pedrín decidió consignar a los acusados al Juzgado de Primera Instancia en Sinaloa, donde dijeron que no les competía el caso, que era asunto de justicia militar, luego los militares dijeron que no había quien formara un Consejo de Guerra y después de líos legaloides -para no hacerla cansada- se sobreseyó la causa y quedaron en libertad. De D’Artois se sabría después que compró unos terrenos en lo que hora es Mexicali.

Reconstrucción del gobierno. En la BC la clase política, peor que hoy día, se tenía mutua desconfianza; muchos se acusaban de imperialistas, otros de traidores. La actitud vacilante de la clase política sudca ante las fuerzas de Maximiliano empezaba a ser tema de cuchicheos y sospechas. Estaba también, latente la amenaza de Navarrete que seguía en Sinaloa con la idea de atacar de nuevo al gobierno de Pedrín. Las sospechas, los recelos obraron de tal manera que algunas personas fueron apresadas por prejuicios, como el Sr. Juan de Dios Angulo, cuyo delito era ser suegro de Navarrete o a Ambrosio Castro que se le acusó de simpatizar con D’Artois.

Por su parte, Pedrín, a mitad del año de 1867 trató de organizar el gobierno. Ya restablecida la República, había leyes generales que se interponían con las locales, las cuales se habían expedido a causa de la intervención francesa. Había que reconstruir las leyes hacendarias, la aduana marítima, por ejemplo. Hubo casos como el del gobierno norteamericano, que sin pagar derechos, había montado una carbonera en Pichilingue, por donde pasaban sus barcos a surtirse de carbón. Ya habían hecho dos viajes, en el tercero, la administración aduanal trató de cobrar esos derechos, pero los norteamericanos no quisieron pagar. Entonces, el Cónsul de USA en La Paz, obró para que el propio Juárez les diera permiso para cargar el carbón sin pagar un solo centavo al estado, “como una cortesía con el gobierno de los Estados Unidos”- respondió Juárez que había sido refugiado en ese país en más de una ocasión, aún Doña Margarita Maza se encontraba asilada en Washington y al cuidados del gobierno de los USA. Así se privaba de recursos al Territorio.
Pedrín, que ya no hallaba la puerta, expide la convocatoria para establecer la Asamblea Legislativa –compuesta por un miembro de cada municipio electo directamente- que a su vez debería nombrar al Jefe Político, esto provoca el disgusto de las municipalidades de San José y de Santiago que pretenden que la elección de Jefe Político se haga mediante elección directa. La convocatoria sale el 14 de agosto de 1867 y ni San José ni Santiago hacen su elección para miembro de la Asamblea. Finalmente en San José ceden pero no en Santiago. Así, Pedrín decide desaparecer la municipalidad de Santiago que fue anexada a San Antonio. El día 1 de diciembre se reúnen en San Antonio solo 4 diputados: Emilio Legaspy de Todos Santos; Carlos F. Galán de La Paz; Salvador Castro de San José y Juan Hidalgo de San Antonio. Como no se reunía el número requerido de diputados la Asamblea no podía abrir el periodo de sesiones, hasta que llegó el de Mulegé, Antonio Piñuelas. Ya con la mayoría fue nombrado Jefe Político el Sr. Carlos F. Galán.

Galán no las tenía todas consigo, hubo rechazos y protestas por su nombramiento. Sus enemigos lo acusaban de conservador y proimperialista. Periodicazos no le faltaron; hasta un periódico de México, “El Globo” publicó acusaciones contra Pedrín por haber entregado el gobierno a Galán que también se decía, ni siquiera era mexicano.
Para ese tiempo, Maximiliano, a pesar de múltiples peticiones de clemencia llegadas de todo el mundo, ya había sido fusilado en el Cerro de las Campanas.
Ya el 24 de marzo de 1868 sucedió que Galán y Manuel Quintana, comerciante sinaloense habían pactado una rebaja del 15% en los derechos de importación. El administrador de la aduana se negó a hacer el descuento y fue destituido por Galán. Los enemigos de Galán hicieron llegar el asunto hasta el gobierno federal de donde se respondió que se repusiera el administrador de la aduana en su cargo y Juárez, engorilado al ver el desmadre que traían los californios envió al Territorio como jefe Político al General Bibiano Dávalos que en cuanto llegó aprehendió a Galán y lo envió a prisión acusado no solo de hacer rebajas a sus amigos sino también de enajenar la Isla de Guadalupe y un lugar llamado Los Algodones. Cuatro años le cayeron al pobre Galán, aunque Juárez, como no hizo con Maximiliano, se portó buena onda y lo indultó.
Gobierno de Dávalos. El merequetengue se volvía a armar: Dávalos era una autoridad dependiente de del Gobierno Federal, por lo tanto no había sido nombrado por la Asamblea, lo que echaba por tierra la Ley Orgánica del Territorio. Dávalos no acataba decisiones de la Asamblea, sino de la Secretaría de Gobernación. El ambiente era insostenible. La Asamblea, por su parte, decide nombrar un nuevo gobernador. Dávalos consulta el asunto con Juárez, éste responde que resolverá, según la persona que resulte electa. Así el 14 de junio se reúne la Asamblea y eligen a José María Castro. Dávalos no sanciona el hecho, solo envía la resolución de la Asamblea al Gobierno de Juárez que nada responde. Igualmente la Asamblea nombra a los miembros del Tribunal de Justicia, de nuevo Dávalos informa pero no acata. Juárez, impasible sin acusar recibo. Así las cosas, el 3 de noviembre de 1868 la Asamblea toma la determinación de desconocer a Dávalos y le ordena que entregue el poder.
Dávalos, que cuenta con el apoyo federal considera dicho desconocimiento como un acto subversivo y manda aprehender, por la noche y en sigilo, a Fernando Erquiaga y Antonio Piñuelas miembros de la Asamblea. Los envía a Mazatlán consignados al juez de distrito. Estos diputados elevan al Congreso de la Unión una acusación contra Dávalos y un periódico de Mazatlán llamado “Juan sin Miedo” publica una editorial acusando a Dávalos de pisotear la Constitución y la dignidad de los bajacalifornianos.

El Gobierno Federal decide declarar nula a la Asamblea legislativa bajacaliforniana y elaborar un nuevo estatuto, pero para conciliar en el asunto, acepta como gobernador a José María Castro que se hizo cargo del gobierno en marzo de 1869 … pero no por mucho tiempo.
Aquí acaba la siguiente década (1860-1870). ..también –como se puede ver- llena de levantamientos, asonadas y guamazos por todos lados. La grilla actual es un juego de párvulos, frente a la pesada grilla, pistola en mano, de nuestros antepasados. Los californios no se están en paz…... ¿Qué sucederá?..... ¿habrá vida apacible en Baja California?. -¡No deje de ver su gustada serie “…Y éramos tan felices III”!

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