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jueves, 5 de marzo de 2009

LA RADIO Y TV DE KING

Si bien, la radio formaba parte del mundo familiar; de los aparatos imprescindibles en cualquier casa y la única manera de relacionarnos con el exterior, en la Baja California Sur de los setentas, la TV no se veía excepto en La Paz. Fui de las generaciones que conocieron la TV ya entrada la adolescencia.

Cuando ingresé a la secundaria en Santa Rosalía, era muy poca la gente que tenía TV, pues esta solo se veía de vez en cuando. Para esto se colocaban antenas en los techos de las casas, entre mas alta mejor. Si la atmósfera estaba clara; el día sin viento ni nubes, era probable que entre la niebla de la pantalla, con cierta dosis de imaginación, algo se viera. Era común que entre dos personas se regulara la calidad de la recepción televisiva; uno en el techo y el otro abajo, con la vista en la pantalla. En la medida que el del techo manipulaba la antena, el otro, a gritos, señalaba la posición más conveniente.



Fue ya entrados los setentas, cuando el gobierno de Echeverría no solo construyó la carretera Transpeninsular, a lo largo de la carretera, en los picos montañosos, se colocaron receptores y emisores de microondas con las que la TV llegó a nosotros, al resto del estado.
En La Paz, la XENT incluyó TV desde finales de los sesentas. Don Francisco King, pionero de las telecomunicaciones, el de la voz peculiar, barítona y aguardentosa, el de “en la Colina del Sol, frente a las playas del Mar Bermejo” inició con la radio, luego fue la TV. Además de la niebla de TV que vi en Santa Rosalía, fue hasta que entré a la prepa en la Morelos que pude ver televisión como dios manda.

La programación incluía, además de las caricaturas vespertinas, series de TV de las cuales recuerdo “Hawai 5-0”, un grupo de policías hawaianos –gordos, ojos jalados, camisas floreadas- que resolvían crímenes en la bella isla del Pacífico; “Los Intocables”, la persecución del gran Elliot Ness sobre capos como Al Capone y otros de origen italiano que asolaron el Chicago de la prohibición alcohólica; las aventuras de detectives no muy atractivos como Columbo, chaparro y contrahecho; Canon, gordo, bigotón pero muy abusado o Kojak, el irónico pelón con una voz maravillosa que le prestaba el actor mexicano Víctor Alcocer. “El Gran Chaparral”, las vicisitudes de un rancho fronterizo con las hordas de apaches y los forajidos merodeadores en el desierto de Arizona; “El Santo”, las peripecias de Simón Temple (Roger Moore), este sí, guapetón y bueno para las patadas; “Bonanza”, las vicisitudes de una familia de vaqueros cuyo rancho era el centro de las aventuras. Muchas otras series de TV que vimos pasar los hoy cincuentones que conocimos La Paz de los setentas.


Las series eran interrumpidas por el noticiario El Pulso del Mundo, que dirigía Don Francisco King y por el que pasaron –y aun siguen- algunos locutores como Federico Riestra, Román Pozo o el Prof. Murillo Aguilar. A propósito, una amiga mía de origen holandés, refiere que una de las razones por las que se quedó a vivir en La Paz, fue por el “Pulso del Mundo”. Según cuenta, acompañó a su esposo al Puerto de Ilusión por motivo de negocios, se hospedaron en un hotel y encendieron la tele donde estaba iniciando El Pulso del Mundo. En una ciudad de 50 mil habitantes –quizás menos- , refundida en una esquina del mundo, lejos de los centros neurálgicos mundiales, hablar de “El pulso del mundo” le pereció punto menos que exagerado, pero en fin, siguió viendo el noticiario. Además de las noticias comunes y corrientes en una pequeña comunidad, lo que más le impactó fue el rescate de un gato que había quedado encaramado en un árbol. Las fuerzas del orden, los bomberos, la Cruz Roja, además de mirones y metiches hicieron del rescate gatuno el acontecimiento del día. Al otro día salió a dar la vuelta por la ciudad, visitó tiendas, conversó con algunas personas, no se hablaba otra cosa que del gatito atollado y al final reflexionó que en una ciudad donde un suceso mayor puede ser un gato en apuros, es una ciudad para vivir y aquí se quedó.
Después de “El Pulso del Mundo”, Don Francisco King se despedía con una bella letanía que alguna vez me supe de memoria y que invitaba al público a iniciar un nuevo día con bríos y fe en el futuro, la melodía que invariablemente acompañaba la retahíla de Don Pancho, era “Marea Baja”, con la orquesta de Percy Faith, quizás Mantovani , mientras que por la tele pasaban hermosos paisajes de los litorales sudcas.

Con mucha frecuencia, el Sr. King se vestía de reportero y vaya si consiguió tremendas exclusivas. Recuerdo su visita al velero de la Armada de México; a un gigantesco crucero norteamericano; la visita de la Reina Isabel de Inglaterra; la visita de Ronald Reagan; las Pinturas rupestres de San Francisco; las Barrancas y la energía solar o los procesos de la ESSA en Guerrero en las salinas de Guerrero Negro o la historia de las misiones y el paso de los jesuitas. En muchos de esos reportajes, nos descubrió algunos enigmas de la geografía o de la historia de la Baja California Sur o simples curiosidades que King les encontraba su lado interesante. Hoy en día, la emisora tiene a bien pasar jueves con jueves tales reportajes como “El reportaje que hizo historia”, muchos de ellos aun vigentes, a pesar que el Sr. King murió hace 20 años, cuando menos.

Se sabía que el fundador del Centro de Radio y Televisión de La Paz, era muy afecto a los caballos y al tenis. En su residencia –donde es el Centro de Radio y TV- poseía una caballeriza y también una cancha de tenis. Algunas veces, de la cancha -de la “casacarita” tenística- corría a dar el noticiario; de prisa se colocaba camisa, corbata y un saco. Fue en más de una ocasión que, una vez despedido el noticiario, se levantó tan rápido que la cámara captó que, en efecto, solo llevaba camisa y saco, debajo, un short y las piernas peludas.


Una de las trasmisiones que mayor auditorio –seguramente- reunía, era el box del sábado, desde la Arena Coliseo. Era el tiempo de “los gallos” mexicanos, una generación de boxeadores de gran nivel que coincidieron, a cual más de bueno: Rubén Olivares, Chucho Castillo, Romeo Anaya, Rodolfo Martínez, Rafael Herrera, el Famoso Gómez y otros que daban excelentes peleas y que vi , a falta de tele, desde una barda que daba al patio de los vecinos, que sábado con sábado, hacían reuniones familiares en torno a la TV y el box, que no reparaban en el mirón que se relamía en las sombras, entre cerveza y cerveza y el olor de las viandas que engullían con pantagruélico entusiasmo.

Los patrocinadores que tenían comerciales memorables eran: Casa Cota, CCC, Hotel Los Cocos, Hotel Los Arcos, la cerveza que daba la hora exacta, “Carnes selectas”, panificadora “Gloria”, “La flor de mayo”, negocios pujantes en La Paz de antaño, algunos ya desaparecidos.

Después, llegaría con fuerza la TV nacional, las transmisiones del monopolio televisivo inundaron con el futbol, Raúl Velasco, Zabludovsky que cambiaron el modo de vida sudca. El Sr. King siguió haciendo TV, pero su fuerza se trasladó a la radio con el programa “Contacto Directo” que se convirtió en la voz de los paceños y en una autoridad moral en la media península. Quizás su último gran reportaje fue la detención de los Liceaga Ruibal, hermanos del gobernador en ejercicio. Interrumpió la programación del Centro de Radio y TV para anunciar – sin maquillajes- que por nexos con el narcotráfico, los hermanos del entonces gobernador, quedaban a disposición de la justicia. No podríamos saber que tipo de presiones políticas sufrió Don Francisco King cuando esto sucedió. Quizás, hoy en día, los medios de comunicación hubieran callado, al menos, “suvizado” el hecho.

Al poco tiempo, fue el mismo Francisco King quien anunció por la radio y la televisión su enfermedad y de la manera mas serena y lúcida se despidió, en TV, del auditorio que lo siguió por décadas y para quien sigue vivo en sus reportajes, su voz y en los profesionales de la comunicación, su ejemplo. Su entierro, sin duda, fue el más concurrido que persona alguna pudo tener. Grandes masas se dieron cita en los funerales, finalmente, en un predio que se encuentra en Chametla, a la vera de la carretera, descansan sus restos.
Gracias a King, fueron los paceños los primeros en ver TV clara y nítida, mientras en el resto de Sudcalifornia, fueron las microondas quienes obraron el milagro. Por lo tanto, en La Paz, desaparecieron las antenas del techo, ya no fue necesario el diálogo aquel que terminaba con: “¡ES ANQUE KING! cuando a pesar de moverle para uno u otro lado, la imagen no mejoraba. “¡Es anque King!” significaba que el problema venía del Centro de Radio y Televisión de la Colina del Sol frente a las playas del Mar Bermejo.

jueves, 19 de febrero de 2009

EL BEISBOL, LA RADIO

Otra de las delicias de la radio de mi infancia era el beisbol de la Liga Mexicana. A las 19.30 –“la hora mágica del beisbol”- sintonizábamos la radio pero a medida que avanzaba la noche, la radio perdía claridad y entraban los gringos. Lo peor era cuando la radio fallaba en situación crítica, por ejemplo: “con hombre en primera, hombre en tercera, dos outs, con cuenta llena, empatados en la novena entrada…..” luego entraba el ruido que crecía en intensidad y la voz del mago Septién se perdía mientras cada vez más clara llegaba la voz de un locutor gringo. Ya sabíamos que no había nada que hacer pero movíamos la antena para todos lados desesperados, la espera a que regresara “la onda” era un suplicio. Si bien nos iba, al menos nos enterábamos del final del juego.
Nuestros preferidos eran los Tigres –los fabulosos Tigres capitalinos- en buena parte porque ahí jugaban peloteros oriundos de Santa Rosalía, entre ellos Arturo Cacheaux a quien debo el nombre de Arturo. Cacheaux era un tremendo pitcher que rompía la liga local cuando yo nací. Una tía a quien le gustaba el lanzador, pujó fuertemente para que me colocaran ese nombre en la pila bautismal. Además jugaban Vicente Romo, Obed Plasencia –empezaba su carrera- y el zurdo Robles que se había casado con una cachanía. Éramos tigristas y escuchábamos embelesados los gritos destemplados de El Mago Septién exagerando las atrapadas del Pulpo Remes, las increíbles fildeadas de Manuel El Estrellita Ponce, los dobleplay fulgurantes del infield del millón de pesos, el bateo oportuno de Ricardo Garza, los tapones de El Bombero Enrique Castillo, las estrategias de ejedrecista de El Chito García o los juegos de 15 pochados de El grandote Peña y de El Huevo Romo. Desde luego Cacheaux era mi ídolo.


El Tigres del 65 campeonaron y aplastaron a Los Diablos, los acérrimos rivales. Emocionados por la excelente temporada, un grupo de niños enviamos cartas a las oficinas de El Tigres y nos respondieron con una gran fotografía de todo el equipo campeón, firmada por cada uno de ellos, además de un banderín; tesoros infantiles que guardé con celo y que por ahí deben andar perdidos en algún baúl.
Cuando tuve la oportunidad de ir a la ciudad de México a estudiar a la UNAM, después de ir a la Ciudad Universitaria, el siguiente sitio que visité fue el estadio del Seguro Social, el escenario de tantos juegos escuchados, tantas veces imaginado y soñado. Difícil explicar la sensación de estar en ese estadio, sobre todo para un sudcaliforniano que jamás había visto un campo de pelota con césped, mucho menos de noche. Hasta entonces comprendí porqué se le llama “el diamante”; la brillantez del alumbrado, la perfecta sincronía del campo, las líneas de cal pulcras , exactas y el graderío rojo -de los Diablos- de un lado y azul del otro; era algo alucinante, una de las experiencias mas bellas; una especie de deja vu anunciado, buscado, imaginado que alcanzó el clímax cuando vi a El Mago Septién entrar a la cabina de trasmisión junto con Enrique Kerlegand, el anotador oficial y un Toño de Valdéz casi adolescente que hacía sus pininos.

Por fortuna, una vez establecido en la ciudad, me tocó vivir bastante cerca del estadio y fueron muchas tardes que de regreso de la escuela, llegué al estadio, con mochila y todo, muy temprano a esperar sentado en sol general -3 pesos- a que iniciara el juego, a “la hora mágica del beisbol”. Mientras hacía tareas, pasaba apuntes o me echaba un sueñito reparador, los jugadores calentaban, platicaban entre ellos, los trabajadores del estadio arreglaban el campo, los umpires hacían calistenia y esperaba el play ball que tantas veces escuché en la radio.
Entrados los setentas, fue una mala época para los Tigres. La academia de beisbol de Pastejé no dio los frutos esperados y sin inversión, el equipo se vino abajo. Era normal que los Tigres se mantuvieran a diez, quince juegos del primer lugar pero la “guerra civil” –los encuentros Tigres-Diablos- era otra cosa; esos juegos eran de garra, emoción y gritos destemplados. La única vez que el estadio se veía abarrotado y animado.
Aún así, pude ser testigo del bateo inteligente de J.J. Bellacetin, del crecimiento como jugador de Matías Carrillo, eterno aspirante a jugador de grandes ligas; el “churro” de Celerino Sánchez para sacar outs en la primera base; atrapadas increíbles del super ratón Zamudio, juegos completos de uno o dos hits de Alfredo El Zurdo Meza –cachanía también-; los pleitos de El Chito García con el Musulungo Herrera, un umpire negro, corpulento que creía en la santería; y desde luego, las ocurrencias que el público gritaba, desde el “¡ai va el agua de riñón!” hasta el “¡que batee El Pájaro!”, El Pájaro era el batboy, el grito surgía cuando Los Tigres dominados por el pitcheo rival, enfadaban a sus aficionados; los taquitos de canasta de tres por peso de debajo de la rampa y muchas noches de buen beisbol, otras de palizas a Los Tigres que luego, como se sabe, tuvieron que emigrar del DF.
De el lado de Los Diablos, vi a Ramón Arano, Enrique Romo, Fernando Villaescusa, Daniel Fernández, Kalimán Robles, el Abulón Hernández, Nelson Barrera, el Zurdo Ortíz y muchos otros grandes jugadores, rivales del Tigres que hicieron de la “guerra civil”, juegos reñidos como apasionados, eso que solo se puede percibir en el calor del estadio...y en la radio de la infancia, con la imaginación viva y la ingenuidad de la edad.
Todos los años esperábamos el juego de Los Cómicos contra Los Luchadores. Por una módica cantidad, antes del juego principal –Tigres-Diablos- podíamos ver a los cómicos mas populares de México jugar tres entradas. Ahí estaban Resortes, Vitola, el enano Santanón, Cepillín, Pomponio, Kíkaro y muchos otros que hacían sus monerías corriendo, bateando, haciendo trampas y provocando carcajadas en el público, especialmente los niños que eran legión y que en esa ocasión entraban gratis.

Sentado en las butacas azules de Los Tigres, nunca dejé de evocar las noches en San Ignacio con la oreja pegada a la radio, comiendo naranjas con chile y sal, mientras los adultos jugaban dominó y me preguntaban las incidencias del juego, que anotaba rigurosamente en la contraportada de la revista “Hit”, eso, solo si los “gringos” no se metían y el clima era benigno o al radio no se le iba “la onda” y no teníamos que mover la antena, porque ciertamente, la onda volvía cuando le daba la gana. Ya lo sabíamos.